PERÚ A COLORES
- LUCY QUINTANILLA

- 8 abr
- 4 Min. de lectura
EMPEZAR DE NUEVO

Desde la pulpa de la lúcuma y su amarillo profundo perfumando los caminos de los campos peruanos hasta el rosa de los frutos de Sanki, aquel cactus creciendo en las zonas altas y áridas de los Andes o el rosado de las Parihuanas, vivarachos flamencos andinos que poblaban las lagunas de la sierra y emulaban los tonos del cielo durante el amanecer risueño de estas tierras, en América del Sur.
Del verde tierno al verde botella de las hojas de Chilca, hasta el amarillo de los Guacamayos de la selva alta, el turquesa de las lagunas glaciares de Humantay o Llanganuco y el naranja eléctrico, tan persistente, del Achiote al frotar las semillas y sentir su textura terrosa entre los dedos, tan solo para hervirlas ligeramente en unos instantes.
Obtener el lila pálido del maíz morado para teñir la lana o buscar un violeta azulado de los frutos del Sauco, o un tinte púrpura muy resistente a la luz del sol cosechado de la Mullaca para la voluntad de la Colla, la reina del imperio, ¿o popularizar el lavanda del Mutuy?
Un niño pequeño observando las sombras de los Apus, al atardecer, entre el contraste de la luz sobre los picos nevados y los reflejos viajando entre el azul y el violeta. Una anciana que ha bordado durante toda su vida, memorizando el rojo carmesí que conquistan las alturas antes de que el sol se evapore por completo. Y el inca, el Sapa Inca que invariablemente, como todos los monarcas mundiales de aquella época, sentía que era divino y su máxima búsqueda era la conquista permanente del imperio, un rey que adoraba el amarillo porque, más que un color, era el alma, el aroma, la médula del Inti, el oro del dios Sol.
Pintar y evolucionar, como los matices que se transforman progresivamente según el movimiento de la luz. El color, los colores, no como algo invariable sino como un milagro que va y viene persiguiendo la oscilación del sol y la humedad del ambiente.
Desde los últimos rayos sobre los valles de las cumbres nevadas, tiñendo el hielo de un rosa flaco al mediodía y la vegetación de la ceja de selva colmada de agua, hasta el resplandor de los ríos amazónicos a la luz del sol monárquico, creando un verde inmortalizado en sus orígenes y buscando dejar huella aquí, entre los árboles; allá, donde se pierde la frontera entre el bosque y la vida desconocida aún y más allá de los límites visibles, donde todavía hay tanto por conquistar. Verde curioso por la vida, corpulento en su brillo.
De la sierra y la selva al Océano Pacífico, al Mar Peruano, a la Mama Qucha. El horizonte de las mañanas, las peñas a la mitad del día, el agua en la orilla y los valles, cuando la luz del sol se encuentra con el mar y la arena, el mar y las rocas, el mar y la capital...
Cuando SE REÚNEN el agua dulce de los ríos con las saladas aguas del mar.
El sol por la tarde en el desierto.
El mediodía en las salinas.
El ocaso marino.
El carmesí costeño, el blanco de la sal, el ocre y arena.
El Azul Pacífico.
El eterno gris limeño, blanco y gris, Yuraq, Oqe. El Alba y la Neblina.
La mañana despejada de los Andes y su azul tan puro, y el celeste reflejado como espejo en las aguas de las cochas, las lagunas de las alturas, con los ojos muy abiertos y el tiempo que se ha congelado para sentir la tierra y sus frutos, y su cielo, y sus aguas, y su verde, y su rosa pálido, y su fucsia, violeta, morado íntimo y entonces un mar de posibilidades y un Amazonas cantando, volando y floreciendo cada día.
El último verano visité el MUCEN, Museo Central de Reserva del Perú, en el Centro Histórico de Lima y entre las obras de su colección encontré la pintura de Leslie Egusquiza, Ofrenda de agosto. Me quedé un instante largo frente a la obra, o quizás fue un rato largo que pareció luego un instante. Vi el retrato del Perú entre los trazos, la luz que descubrías al intentar leer la voz de alguien más. Pigmentos suaves y fuertes al mismo tiempo. No sé bien si fue el rosa, el turquesa o el amarillo tan presente e incansable...
Los colores de una pintura que evocan la realidad y también la ficción de algún sueño lejano que hace ya tanto decía: Ama Sua, Ama Llulla, Ama Quella...
No seas ladrón. No seas mentiroso.. No seas ocioso.
Gracias por acompañarme en este viaje literario a través del arte y la cultura.
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