ALFREDO BRYCE ECHENIQUE
- LUCY QUINTANILLA

- hace 2 días
- 4 Min. de lectura
DÁNDOLE PENA A LA TRISTEZA
Adiós Bryce

Escribe Lucy Quintanilla
Hay mucha luz en la casa de Bryce, la colección magnífica de libros en su sala jamás pasaría desapercibida, Lucho Peschiera, uno de sus mejores amigos desde su adolescencia en el internado San Pablo está con nosotros, todo es risas y complicidad entre ellos...Una tarjeta escrita a mano entre los libros, una postal importante para él, un recuerdo de los días en Europa y millones de palabras en incontables páginas elegidas a mano. Un retablo pequeño, colorido, tan peruano a la izquierda, una fotografía en un marco de plata tallada, otra con más amigos en grupo, al lado derecho de ese librero fabuloso, tantas editoriales agrupadas ahora por tamaño, color y nombre entre los estantes. Vuelvo a recaer en la magnífica luz iluminando toda la sala, el espejo en la pared alterna a la librería lo vuelve todo más grande aún, lo escucho con atención, interrumpe Lucho que es tan gracioso, cuenta historias de su niñez en Chincha, mi mamá no lo soportó más y vinimos a Lima, dice, con los ojos tan abiertos y todo el bermellón que sube a su rostro. Lucho habla con la mirada, con la sonrisa, con la voz muy alta, con el pelo rubio que todavía hay en su cabeza, con las manos y esa alegría nativa en él. Sandra, su hija, camina por la casa como una niña de toda la vida, tío, le dice a Bryce, voy a tomar fotos de todo ¿ya?, se sienta de cuando en cuando para acompañarnos en la conversación, ¡qué horror, dice!, se pasan, todos reímos más y más. Bryce habla de sus planes, le hablo de mi más reciente viaje a Londres, de la maestría en literatura, me presenté con dos libros tuyos, le digo, ¿cuáles?, me pregunta, Un mundo para Julius y Dándole pena a la tristeza, se ríe, mira al suelo y solo comenta, postulaste con un libro llamado ¿Dándole pena a la tristeza?, sí claro, es maravilloso, no le digo que también es muy triste porque pienso que es un libro maravilloso pero tristísimo, más que muchos suyos que ya encierran profunda miseria, vergüenza social, melancolía y una ironía brillante tan propia de él.
Toda su literatura es suya, sería egoísta dudar de aquello. El hilo conductor en sus historias es absoluto y el hilo conductor por el que nos lleva a través de cada generación que sigue brotando de tierras hispanas es un regalo que quizás él mismo nunca supo que le hacía a una y a varias sociedades.
Hace frío hoy en San Isidro, pero aquí el tiempo se ha detenido por un momento largo y clima, ahora, pasa desapercibido. Los carros miniatura de madera en la entrada de la casa; una quietud irónica, también, y ese silencio imperecedero. Entonces, el gran cuadro en la sala, fascinado y fascinante por sus colores, el Pacífico peruano pintado desde un taller artístico en París y los pinceles de Braun-Vega — ese retrato Bryciano que sería la portada de “Permiso para vivir”, las antimemorias del escritor peruano publicadas por Editorial Anagrama en 1993 — y la figura de un Alfredo Bryce Echenique muy joven: la playa, un Volkswagen amarillo, manuscritos entre sus dedos, la arena, él con anteojos, el mar, sus olas, el día de día, saco, corbata, camisa... Bryce.
El único escritor con el que muchos hemos reído y llorado al mismo tiempo. Y es que en el mismo capítulo sientes alegría, asco, desilusión, esperanza, ternura, una tristeza profunda, las carcajadas que llegan, enojo, interés por conocer más, identidad, vergüenza ajena...Y así vas navegando la vida a través de sus ojos y de su inigualable narrativa.
Con sus luces y sus sombras, Alfredo Bryce Echenique narró la radiografía social del Perú, que es probablemente la de muchos países hispanoamericanos; esas costumbres, o malas costumbres, tan vivas hasta hoy y tal vez también mañana, y pasado y ojalá no por siempre.
No sé si se puede vivir eternamente en la fragilidad de las apariencias, pero hay sociedades empecinadas en intentarlo, cada día, cada año y así pasan las décadas, los siglos y así anda uno respirando la paz, perfección y generosidad inconmensurable del Océano Pacífico y luego vienen los seres humanos tan inhumanos, arquitectos magníficos del mundo inmundo y entonces la geografía divina otra vez, y los mecanismos de escape entre la literatura, la danza, la música...y claro, la gastronomía blanquirroja. El cielo gris de Lima...cielo, al fin y al cabo.
A cada uno su pena, pero a todos su alegría, diría Bryce.
Dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo, diría Oscar Wilde.
Gracias por acompañarme en este viaje literario a través del arte y la cultura.
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